
Han pasado casi cinco décadas desde la muerte de Francisco Franco, pero su época sigue proyectando una larga sombra sobre la sociedad española. La pregunta sobre cuán arraigadas están las costumbres y las ideas formadas bajo la dictadura sigue siendo relevante. En un país donde el dormitorio del antiguo dictador en El Pardo aún permanece intacto y los monumentos desaparecen y regresan, el debate sobre el pasado no cesa.
A finales de los años 70, los españoles abandonaron en masa sus antiguas convicciones, como si borraran el franquismo de sus vidas. Sin embargo, muchos investigadores creen que el ‘franquista’ interior no desapareció, sino que se ocultó. Los movimientos políticos actuales, aunque no son herederos directos del régimen, a menudo utilizan una retórica que recuerda viejos temores y divisiones. No obstante, la ola ultraderechista actual es más bien parte de una tendencia global que consecuencia directa de la dictadura.
Democracia y memoria: una percepción dual
La mayoría de los ciudadanos considera que el sistema actual es el mejor de toda la historia de España. Sin embargo, en la conciencia colectiva persiste una actitud ambivalente hacia el pasado: unos evocan la estabilidad y el orden, otros recuerdan la represión y el miedo. Muchos de quienes apoyaron el régimen se adaptaron rápidamente a la nueva realidad tras su caída, prefiriendo no recordar su propio pasado. Este acuerdo tácito se convirtió en una especie de amnistía para millones.
Al mismo tiempo, para las víctimas de la dictadura y sus descendientes, el tema sigue siendo doloroso. Nunca hubo un reconocimiento oficial ni un símbolo común capaz de unir a la nación. A diferencia de otros países europeos, España no ha encontrado una fecha o un evento que sirva de pilar para la memoria colectiva.
El miedo al cambio y el legado moral
Los viejos miedos, ligados a la posible pérdida de libertades, siguen vigentes. Quienes vivieron la represión transmiten su inquietud a las nuevas generaciones. Persiste en la sociedad el temor a un posible regreso al pasado, si no se mantiene la vigilancia. Al mismo tiempo, los valores morales arraigados durante la dictadura continúan influyendo en la vida cotidiana y los debates políticos. Incluso décadas después, las discusiones sobre lo que se debe considerar como “correcto” no han cesado.
Hoy, España es un país donde la democracia se ha consolidado y los derechos y libertades son la norma. Sin embargo, los fantasmas del pasado siguen presentes: en debates, en historias familiares, en discusiones públicas. El franquismo no ha desaparecido del todo: se ha transformado, dejando huella en la conciencia colectiva. Mientras la sociedad no encuentre la forma de mirar su historia con honestidad, este conflicto interno persistirá.












