
El destino de las joyas de la dinastía Romanov sigue siendo motivo de acalorados debates entre historiadores y coleccionistas. Tras la revolución de 1917, muchas reliquias desaparecieron, y algunas reaparecieron en subastas décadas después. Un papel especial en esta trama ocupa la colección de joyas de la gran duquesa Ksenia Aleksandrovna —hermana de Nicolás II— quien, huyendo de los bolcheviques, sacó de Rusia no solo tesoros familiares, sino también dos álbumes únicos con acuarelas de sus joyas.
Estos álbumes, llenos de ilustraciones magistralmente ejecutadas, se convirtieron no solo en un archivo personal, sino también en un valioso testimonio histórico sobre el lujo y las tradiciones de la familia imperial. Reflejan los regalos que Ksenia recibió entre 1880 y 1912: desde broches de coronación de Fabergé hasta juegos de esmeraldas encargados personalmente por Alejandro III. Cada dibujo iba acompañado de anotaciones sobre el donante, pero sin mención de valor ni del autor de la joya, lo que solo aumenta el interés hacia estas páginas.
Sin embargo, a pesar del pasado brillante, la vida en el exilio resultó ser una dura prueba para Ksenia. Las dificultades financieras la obligaron a desprenderse de las joyas familiares. Muchas se vendieron por sumas irrisorias y otras simplemente se desvanecieron. La duquesa sufría especialmente al ver, durante recepciones en Londres, a otras damas luciendo piezas que una vez pertenecieron a su familia.
Pérdidas y transacciones
Los primeros años de Ksenia en Inglaterra estuvieron marcados por concesiones forzadas. Sin experiencia en el manejo del dinero, se convirtió en presa fácil para estafadores. Un estadounidense le compró varias joyas de diamantes a precios muy por debajo de su valor real. Al mismo tiempo, el mercado británico mostraba gran interés por las joyas rusas, muchas de las cuales terminaron en colecciones privadas de la aristocracia.
Las reliquias familiares que lograron salvarse fueron desapareciendo poco a poco: unas se vendieron, otras se regalaron o se perdieron. Tras la muerte de la madre de Ksenia, Maria Fiódorovna, en 1928, una caja con las joyas restantes —tiaras, broches y los famosos huevos de Fabergé— fue trasladada a Inglaterra en secreto. Sin embargo, la familia volvió a enfrentarse a la injusticia: por una colección valorada en cientos de miles de libras, solo les ofrecieron una pequeña parte. Algunas de estas piezas terminaron después en manos de la familia real británica.
Álbumes como testigos de una época
Dos álbumes de cuero que sobrevivieron al exilio causaron sensación en 2011, cuando salieron a subasta en Londres. Contienen 925 acuarelas, cada una relatando la historia de una joya distinta. Entre ellas hay broches de coronación, tiaras con diamantes y esmeraldas, collares regalados en bodas e incluso piezas únicas creadas por encargo personal del emperador.
Para los investigadores, estos álbumes son la clave para desentrañar el origen de muchas reliquias perdidas. Permiten rastrear el recorrido de las joyas desde los salones imperiales hasta colecciones privadas de Europa. Pero para los descendientes de Ksenia, estas páginas son un recordatorio de un mundo perdido, destruido por la revolución y la emigración.
Vida después del imperio
A pesar de las ventas forzadas y las pérdidas, Ksenia Aleksándrovna logró preservar la dignidad y el vínculo con su pasado. En Inglaterra llevó una vida social activa, recibía a familiares y amigos, intentando recrear el ambiente de los tiempos pasados. Sin embargo, los problemas económicos la acompañaron hasta el final de sus días. Incluso después de su muerte, cuando los álbumes de acuarelas fueron heredados por sus hijos, su destino quedó ligado a las salas de subastas y a nuevos propietarios.
La historia de la colección de Ksenia no solo narra tesoros perdidos, sino también el precio que hubo que pagar por la supervivencia y la preservación de la memoria dinástica. Cada lote vendido representa una parte de un gran drama, donde las tragedias personales se entrelazan con la historia de todo un país.
Ksenia Aleksándrovna Románova es una de las figuras más reconocidas de la dinastía Románov, cuya vida transcurrió entre dos épocas. Nació rodeada del lujo de los palacios imperiales y fue testigo del colapso de la monarquía y del exilio forzado. Su colección de joyas y los exclusivos álbumes de acuarelas siguen atrayendo a coleccionistas e historiadores, mientras el destino de estas reliquias se ha convertido en símbolo del mundo perdido de la aristocracia rusa.












