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Como se celebra el Año Nuevo tras las rejas rutina y sueños de los reclusos en Zuera

Cuál es la emoción de recibir el Año Nuevo entre los muros del silencio carcelario

En la prisión de Zuera, el Año Nuevo transcurre sin celebración. Los reclusos sueñan con la libertad y se apoyan entre sí. Sus historias hablan de esperanza, soledad y la búsqueda de sentido.

En el centro penitenciario de Zuera, los días festivos casi no se diferencian de los habituales. Las puertas metálicas, los largos pasillos y el alambre de púas recuerdan constantemente dónde te encuentras. Incluso el árbol decorado en el césped y el espumillón a la entrada del pabellón social parecen ajenos, como si hubieran llegado por error a este mundo. La rutina no cambia ni en Navidad ni en Año Nuevo: la cena es a las ocho de la noche y, si alguien quiere, las uvas se comen en las celdas, en soledad o acompañados de sus compañeros. El televisor de la celda permite escuchar las campanadas, pero el ambiente está lejos de ser festivo.

Mientras fuera de los muros la vida bulle —la gente corre por los regalos, se reúne con amigos, participa en carreras de Año Nuevo— dentro todo queda en silencio. Muchas actividades se suspenden y solo queda esperar. “Aquí hay que ser muy fuerte”, reconoce Abdel, que lleva seis años en Zuera y pasó otro en la prisión de San Sebastián. En todo este tiempo no ha recibido ni un solo permiso de salida. “En estas fechas se hace especialmente duro”, cuenta. “Con los años uno se acostumbra, pero sigue siendo triste. El tiempo pasa y no se recupera, por eso intentamos valorar cada momento, incluso aquí”. Abdel se formó como soldador, terminó la secundaria y ahora sueña con ir a la universidad. Su meta para 2026 es empezar a formarse como tornero-fresador. Ni siquiera los barrotes hacen desaparecer los sueños, y la libertad sigue siendo el más importante.

Una mirada femenina

Tania es una de las pocas mujeres en Zuera. Es médica, formada, elegante y madre de dos hijos. Este año, por primera vez en cinco años, le permitieron salir a casa por poco tiempo. «Volver fue muy duro, — reconoce, — pero vi una esperanza para nuevos permisos. Al despedirme de mis hijos les dije: esto es solo el comienzo». Tania cuenta lo difícil que es ser madre en prisión, no poder cuidar de sus hijos y cómo la culpa se vuelve casi insoportable. Encuentra refugio en el estudio: cursa sociología, escribe para la revista de la prisión y apoya a otras mujeres.

En Zuera, como en la mayoría de las cárceles de España, las mujeres son muy pocas: tan solo el 7% de la población reclusa. Viven en un módulo separado y Tania cree que lo más importante es no dejarse vencer por la apatía. «Hay que creer que se puede cambiar algo y actuar», afirma. Para ella, el cambio de año no significa sumar, sino restar: «Un año menos, no uno más».

El tiempo y los cambios

Gonzalo, de Colombia, espera poder acceder al tercer grado y, quizás, ser deportado a su país en 2026. «Mi vida aquí es como si estuviera en pausa, pero el tiempo no se detiene. Lo que perdemos no es dinero, sino tiempo: con la familia, en días especiales. Eso es lo más valioso», comparte. En dos años y medio en Zuera obtuvo por primera vez un permiso para salir en una celebración, lo que le dio nuevas fuerzas. Gonzalo sueña con regresar a casa y empezar de nuevo, sin repetir errores.

José Carlos, de Zaragoza, tampoco quiere volver a prisión. Casi ha terminado sus estudios como educador social, toca la guitarra y canta en el grupo “Frecuencia Z”, fundado por los propios internos. De cara al nuevo año, espera cambios: “Quiero avanzar, crear nuevas oportunidades para no volver aquí. El tiempo deja huella”.

Trabajo y apoyo

Trabajadores sociales y educadores se esfuerzan por apoyar a los internos. Mariví y Vicky, integrantes del equipo penitenciario, reconocen que no son suficientes: en toda España solo hay 70 trabajadores sociales en prisiones. Mariví sueña con que en 2026 el personal sea más numeroso. Su compañero Julio lleva aquí 27 años, ha pasado por todos los módulos y quizá por eso afronta la soledad con serenidad. Recuerda que, como muchos otros empleados, pasó varios Fin de Año solo. Vicky organiza el mercadillo navideño y edita la revista de la prisión, convencida de que, incluso en estas circunstancias, es importante crear un ambiente festivo. Su cometido es ayudar a los internos a cambiar, buscar nuevos caminos y no perder la esperanza.

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