
El viernes por la tarde, un silencio opresivo se apoderó de la pequeña localidad de Vega de Rengos. Solo las sirenas de las ambulancias rompían la rutina habitual cuando la noticia de un nuevo derrumbe en la mina se extendió por la zona. Los vecinos, acostumbrados a los peligros del trabajo subterráneo, supieron de inmediato que había ocurrido algo grave. En el bar cercano, la gente seguía las noticias con preocupación, comentando entre sí los detalles del suceso.
La tragedia ocurrió tan solo ocho meses después del desastre en Cerredo, donde un accidente se cobró la vida de cinco mineros. Este nuevo incidente volvió a sacudir a Cangas del Narcea, recordando la fragilidad de la vida de quienes descienden cada día al subsuelo. En lo que va del año, el número de fallecidos en las minas de Asturias ha llegado a siete personas, y cada pérdida se siente como un duro golpe para toda la comunidad.
En una región donde la minería sigue siendo uno de los pilares económicos, estos sucesos se viven de manera especialmente intensa. Las familias de los mineros, sus amigos y vecinos vuelven a experimentar el dolor de la pérdida, y los recuerdos de tragedias pasadas se hacen aún más vívidos. En Cangas del Narcea saben bien lo que es esperar noticias desde las profundidades, aferrándose a la esperanza de un milagro.
Los acontecimientos de los últimos meses han llevado a muchos a reflexionar sobre la seguridad laboral en las minas y sobre cómo prevenir nuevas tragedias. A pesar de los esfuerzos de modernización y control, el riesgo sigue siendo elevado y cada accidente no es solo una estadística, sino también vidas humanas. En Vega de Rengos y sus alrededores, la gente sigue apoyándose mutuamente, intentando sobrellevar el dolor y el miedo que han vuelto a sus hogares.











