
En la costa del golfo de Vizcaya, donde el mar Cantábrico impone sus propias reglas, existe un lugar sacado de las páginas de una novela de aventuras. Entre Bilbao y San Sebastián, frente al encantador pueblo de Lekeitio, emerge de las aguas la isla de Garraitz. No es solo un pedazo de tierra, sino un verdadero mundo camaleónico, al que solo se puede acceder unas pocas horas al día, cuando el poderoso océano se retira.
Viajeros fascinados por su forma alargada y su aislamiento lo han bautizado como el «Ko Tao vasco», trazando un paralelismo con la famosa isla tailandesa. Y, de hecho, tienen algo en común: ese magnetismo natural que atrapa desde el primer momento. Sin embargo, a diferencia del paraíso tropical, el acceso a Garraitz lo abre la propia naturaleza, no una barca. Cuando baja la marea, el mar deja al descubierto un estrecho malecón de piedra cubierto de musgo desde la playa de Isuntza, o un sendero de arena desde la playa de Karraspio.
Este breve trayecto convierte un simple paseo en una pequeña aventura. La principal regla aquí es prestar mucha atención al horario de mareas. El mar no perdona errores y quienes se demoran pueden verse obligados a regresar a nado. Precisamente esta dependencia del mar convierte la visita a la isla en un ritual: primero consultar el horario, luego la travesía emocionante y, por fin, la merecida recompensa de disfrutar de vistas impresionantes desde lo alto.
A pesar de su apariencia salvaje y serena en la actualidad, la isla, también conocida como San Nicolás, guarda una rica historia. Durante siglos, sus 6,5 hectáreas de terreno han tenido diferentes usos. En el siglo XVI, durante una epidemia de peste, sirvió como zona de cuarentena, aislando a los enfermos del resto del mundo. Más tarde, albergó una capilla en honor a San Nicolás, un monasterio franciscano e incluso fortificaciones de la época de la Guerra de la Independencia.
Los hallazgos arqueológicos dispersos por todo el territorio dan testimonio del pasado intenso de este lugar. En 2019, tras el descubrimiento de monedas medievales, restos de fortificaciones e incluso restos humanos, el gobierno del País Vasco otorgó a la isla el estatus de parque arqueológico. Subir al mirador no solo permite disfrutar de las vistas panorámicas de la costa, sino que también es un viaje en el tiempo.
La propia isla es pequeña: apenas mide 250 metros de longitud y su punto más alto alcanza los 48 metros. Hay un pequeño sendero, playas escondidas que surgen con la marea y lugares ideales para hacer picnic bajo el susurro del viento entre los pinos y los gritos de las gaviotas. Es un sitio donde el tiempo se ralentiza y el silencio solo se interrumpe por los sonidos de la naturaleza.
Tras explorar la isla, la mejor forma de terminar el día es visitar el puerto de Lekeitio. Las tabernas locales atraen con el aroma del pescado fresco a la parrilla, los tradicionales pintxos de bacalao y otros manjares del mar. Garraitz no es solo un trozo de tierra en el océano, sino un lugar único donde la naturaleza impone sus propias reglas y al visitante solo le queda dejarse llevar por su cautivador ritmo.
Cabe señalar que Lekeitio no es solo el pintoresco telón de fondo de la isla Garraitz, sino uno de los puertos pesqueros más importantes de la costa del golfo de Vizcaya. Su historia está estrechamente ligada al mar y a la caza de ballenas, que prosperó aquí durante siglos. Hoy en día, la ciudad conserva su auténtico espíritu marinero. Paseando por sus estrechas calles, se pueden ver las tradicionales casas vascas de balcones coloridos. La Basílica de la Asunción de Nuestra Señora, con su imponente fachada gótica, domina el puerto. Los vecinos se enorgullecen de su historia, que cobra vida durante las numerosas fiestas y celebraciones.












