
David Rodríguez Ballesta y Javier Marañón Montero, contratados en Guinea Ecuatorial, se vieron envueltos en acontecimientos dramáticos. En enero de 2025 acudieron a una reunión con representantes del gobierno local para informar sobre el avance de la implantación de la televisión digital. Ambos representaban a la empresa Wayang Teknica, pero ocupaban puestos comunes: uno como técnico y el otro como contable. Para ese momento, la dirección de la compañía ya había abandonado el país, tras percibir la creciente presión de las autoridades, que sospechaban de corrupción en un proyecto valorado en más de 33 millones de euros.
Inmediatamente después de la reunión, se les retiraron los pasaportes y, pocos días después, fueron detenidos sin explicación. Pasaron varios meses en una celda de la gendarmería y luego fueron trasladados a la prisión de Black Beach, un lugar de sombría reputación. Junto a ellos también arrestaron a empleados locales, que siguen tras las rejas. Según sus familiares, David y Javier no tienen acceso ni a abogado, ni a su familia, ni al mundo exterior. Hasta ahora, la fecha del juicio no ha sido fijada.
Las condiciones en Black Beach resultaron extremadamente duras. Durante el encarcelamiento, ambos españoles declararon en varias ocasiones huelga de hambre para llamar la atención sobre su situación. Su salud se ha deteriorado gravemente: enfermedades crónicas, infecciones, aislamiento y la prohibición de salir al patio han llevado a los hombres a un estado crítico. Javier Marañón incluso fue ingresado en la enfermería de la prisión, perdiendo 20 kilos en pocos meses. Sus familias temen por su vida.
El proyecto de televisión digital se puso en marcha en 2017, y su primera fase transcurrió sin incidentes. Sin embargo, tras la llegada de Teodorín Obiang, hijo del actual presidente, al cargo de vicepresidente en 2023, la situación cambió. El nuevo dirigente, condenado previamente en Francia por corrupción, inició una campaña contra los delitos financieros. Las relaciones con Wayang Teknica se tensaron abruptamente y la dirección de la empresa prefirió no regresar al país. David y Javier, que tenían lazos familiares en Guinea, permanecieron y se vieron perjudicados.
Los primeros meses en el centro de detención aún podían considerarse tolerables: el cónsul español visitaba a los detenidos y sus familiares podían comunicarse con ellos. Pero tras el traslado a Black Beach, la situación se volvió catastrófica. Según los familiares, durante los últimos cuatro meses los presos están completamente aislados, con prohibición de visitas e incluso sin poder salir al patio. Las organizaciones internacionales describen esta prisión como una de las más duras del mundo, donde personas desaparecen durante años sin dejar rastro.
Las autoridades españolas afirman que la embajada en Malabo sigue de cerca el caso, brinda apoyo consular y exige el respeto de los derechos de los reclusos. Sin embargo, las familias sostienen que la mayoría de las visitas diplomáticas ocurrieron cuando estaban en el centro de detención, y que la situación solo empeoró tras el traslado a Black Beach. Ni el abogado ni los familiares pueden acceder a los detenidos, y los intentos de lograr arresto domiciliario o al menos una mejora en sus condiciones no han tenido éxito.
Recientemente, el Parlamento Europeo debatió el destino de los ciudadanos españoles y llamó a las autoridades de Guinea Ecuatorial a liberarlos de inmediato, garantizar atención médica y un juicio justo. En respuesta, el gobierno de Malabo afirmó que los presos reciben un “trato humano” y cuentan con todas las garantías para un proceso judicial imparcial. Sin embargo, los familiares insisten en que, si no se toman medidas urgentes, David y Javier podrían perder la vida. Han lanzado una petición exigiendo al gobierno español intervenir directamente y salvar a sus ciudadanos.












