
La tarde del domingo se convirtió en una auténtica pesadilla para los pasajeros del tren Alvia que viajaba de Madrid a Huelva. Tras una larga jornada de exámenes para futuros funcionarios de prisiones, tres amigas — Lola Beltrán, Rocío Flores y Elena Fragio — subieron al convoy y se sentaron en diferentes vagones. Lola decidió acercarse y cambiarse junto a Rocío, dejando a Elena en el primer coche. Nadie podía imaginar que, en cuestión de minutos, el trayecto habitual se transformaría en una experiencia aterradora.
Un frenazo repentino rompe la tranquilidad del vagón. El tren se detiene bruscamente, las luces se apagan y los pasajeros, sin tiempo de reaccionar, caen al suelo. En la oscuridad se escuchan gritos, algunos llaman pidiendo ayuda, otros intentan entender qué ha ocurrido. La gente busca a tientas sus teléfonos para usar las linternas y ver a su alrededor. Algunos asientos están desplazados, los objetos esparcidos y el ambiente está cargado de miedo y confusión.
Los primeros minutos
Lola encuentra a Rocío, que llora en el suelo, y la ayuda a levantarse. A su alrededor, los pasajeros, presas del pánico, rompen las ventanas con martillos de emergencia para salir al exterior. Los intentos de llamar a sus familiares no tienen éxito: la red está saturada. Solo el hermano de Lola, José María, logró contactar con los servicios de emergencia y avisar de lo sucedido. En ese momento se hace evidente: hay heridos y la situación es grave.
La revisora anuncia que el tren se encuentra en la zona de Adamuz y confirma que hay heridos. Rocío ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, pero puede moverse. Los pasajeros se agrupan en pequeños grupos para apoyarse y salir del vagón. Afuera hace frío y la valla metálica junto a las vías está dañada. A lo lejos se distingue una luz azulada: es otro tren, Iryo, que también descarriló.
Encuentro en las vías
Lola decide regresar al vagón para buscar a Elena, pero el paso está bloqueado por heridos y el caos. Vuelve con Rocío y juntas logran salir al exterior. Uno de los pasajeros, José María, se dirige hacia la luz y encuentra a miembros de la Guardia Civil, que aún no comprenden la magnitud del desastre. Los equipos de rescate aconsejan a quienes pueden caminar avanzar hacia la luz, donde los sanitarios ya están trabajando.
La imagen que se presenta ante los pasajeros es impactante: la cabina del tren Iryo está volcada y alrededor médicos y rescatistas atienden a los heridos. Personas de ambos trenes se encuentran sobre las vías, se miran en silencio, incapaces de asimilar lo ocurrido. En ese instante el tiempo parece detenerse: nadie pronuncia una palabra, solo intercambian miradas llenas de horror y desconcierto.
Consecuencias y asistencia
Mientras algunos pasajeros intentan contactar a sus familiares, otros reciben mensajes de colegas y conocidos preocupados por su situación. Lola y Rocío suben al autobús que las traslada al hospital de campaña en Adamuz. Allí, un sanitario examina a Lola, realiza una revisión neurológica y evalúa sus lesiones. A pesar del shock, las jóvenes se mantienen unidas y se apoyan mutuamente.
Días después, Lola regresa a su casa en Huelva, pero las secuelas del accidente persisten: dolores de cabeza, náuseas y molestias en el cuello. Los médicos le diagnostican lesiones cervicales. Mientras tanto, en el chat “Futuras empleadas” la conversación no se detiene: Elena sigue hospitalizada en Córdoba, pero se conecta por videollamada para animar a sus amigas.
Emociones y memoria
Esa tarde quedará grabada para siempre en la memoria de los pasajeros de ambos trenes. El caos, el miedo, la solidaridad y la silenciosa unión sobre las vías ya forman parte de sus historias personales. Las preguntas sobre las causas del accidente y la seguridad ferroviaria vuelven a estar en el centro del debate. Pero lo más importante son las personas que, pese al shock y el dolor, no dejaron de apoyarse unas a otras.












