
En pleno corazón del casco antiguo de Toledo, donde las calles de piedra guardan huellas milenarias, aún resuena el golpe del martillo sobre el metal en un pequeño taller. Allí, entre muros históricos, Mariano San Félix, de 87 años, sigue creando auténticas obras maestras de damasquinado, el arte de incrustar oro y plata en acero. Sus manos, firmes a pesar de la edad, y su mirada, aún aguda, reflejan pasión y destreza. En Toledo quedan solo unos pocos artesanos de este oficio, y cada uno de ellos es una leyenda viva. Sin embargo, el tiempo avanza: si no surge una nueva generación, este arte desaparecerá para siempre.
El damasquinado no es solo una decoración, sino parte del ADN cultural de la ciudad. En toda Europa, solo Toledo ha conservado esta técnica, aunque aún hay artesanos aislados en Marruecos, India y Japón. Hubo tiempos en que cientos de talleres florecían en Toledo, pero la llegada de la estampación mecánica en los años 70 del siglo pasado llevó al cierre progresivo de los talleres. Hoy, el damasquinado sobrevive en diminutos estudios donde cada pieza es única.
Nueva esperanza
En las próximas semanas se pone en marcha en Toledo un proyecto educativo único: la Escuela de Artes y Oficios local (Escuela de Artes y Oficios) abrirá un curso oficial certificado de damasquinado. No se trata de un simple taller, sino de una formación profesional integral impulsada por el gobierno de Castilla-La Mancha. Para un arte al borde de la desaparición, es una oportunidad para sobrevivir.
El curso está diseñado para 15 personas, pero la demanda ha sido el doble. Entre los interesados no solo hay vecinos locales, sino también antiguos alumnos e incluso maestros de otras ciudades. El programa incluye cuatro módulos, el primero de los cuales está dedicado al dibujo para damasquinado. En total, la formación suma 540 horas, de las cuales 80 serán de práctica. Las clases las impartirán los propios damasquinadores de Toledo, muchos de los cuales estudiaron en estas mismas aulas.
Cambio generacional
Mariano San Félix, presidente de la Fundación Damasquinado de Toledo (Fundación Damasquinado de Toledo), no oculta su inquietud: si no se transmiten los conocimientos a los jóvenes, el oficio desaparecerá en pocos años. Para él, lo fundamental no es el estatus de patrimonio cultural, sino los alumnos reales que puedan continuar la labor. Otro maestro, Óscar Martín, comparte su preocupación y destaca que ahora los alumnos tendrán la oportunidad de aprender de los maestros sin apartarlos del trabajo en el taller.
En Toledo, el damasquinado siempre ha estado estrechamente ligado al turismo. Fueron los turistas quienes mantuvieron la demanda de estas piezas únicas, ayudando a la supervivencia del oficio. Pero en otras ciudades, como Eibar, la tradición ya se ha perdido: allí no queda ningún artesano. Precisamente después de una exposición que reunió a Toledo y Eibar, las autoridades regionales tomaron conciencia de que, si no actuaban, el damasquinado también desaparecería aquí.
La lucha por la autenticidad
Hoy el damasquinado de Toledo ha sido oficialmente declarado Bien de Interés Cultural. Es un paso crucial porque solo así se podrá crear un sello especial de calidad que distinga el trabajo artesanal del producto industrial. Los artesanos creen que, sin esta certificación, el público no comprenderá por qué paga más y estas piezas únicas pasarán desapercibidas y sin demanda.
Luis Peñalver, otro representante de la fundación, destaca que el objetivo no es solo preservar el oficio, sino también educar a los compradores. Solo conociendo la diferencia entre un damasquinado auténtico y una imitación, la gente podrá valorar de verdad el trabajo de los maestros. De momento, cada nuevo alumno en la escuela es una esperanza para que este arte no desaparezca.
Retos de la época
Actualmente en Toledo quedan no más de una veintena de maestros capaces de crear damasquinados según técnicas ancestrales. Sus obras pueden contemplarse en museos y colecciones privadas, pero lo más importante es que el arte sigue vivo gracias a las manos de nuevos aprendices. La cuestión es si los jóvenes tendrán suficiente entusiasmo y paciencia para dominar un oficio tan complejo, que exige no solo talento, sino también un esfuerzo inmenso.
Mientras unos discuten sobre el estatus y los certificados, otros simplemente toman el martillo y se ponen a aprender. Quizá sean precisamente estas personas quienes algún día se conviertan en los nuevos guardianes de una tradición milenaria que hasta hace poco parecía condenada al olvido.












