
Hace más de treinta años, Fran se mudó a Ibiza desde Murcia con la esperanza de empezar una nueva vida. Todo transcurría relativamente tranquilo hasta que, hace dos años, tuvo que abandonar su piso de alquiler. El precio de la renta subió tanto que se volvió imposible pagarla. Fran recuerda que pagaba 1.200 euros al mes y ni siquiera tenía un contrato oficial, lo que le impedía desgravar en la declaración de la renta. Como consecuencia, hasta Hacienda pensaba que ganaba más de lo que realmente ingresaba.
La situación de la vivienda en la isla empeoraba año tras año. Los pisos de dos habitaciones se convirtieron en un lujo, y hoy encontrar algo asequible es prácticamente imposible. Buscando una solución, Fran compró una caravana para no perder su empleo en uno de los hoteles más exclusivos del norte de Ibiza. Y no fue el único: muchos compañeros tomaron la misma decisión porque, simplemente, no hay alternativas.
Recientemente, en la isla entraron en vigor nuevas normas que restringen el acceso y la estancia prolongada de autocaravanas, furgonetas y caravanas, especialmente si no están matriculadas en Baleares. Ahora está prohibido dejar estos vehículos en aparcamientos públicos tanto dentro como fuera de las ciudades. Los trabajadores que antes vivían en aparcamientos junto a los hoteles se ven obligados a buscar otras opciones. La mayoría se trasladó a terrenos privados de conocidos, donde les permiten quedarse temporalmente.
En el caso de Fran, la dirección del hotel facilitó al personal un aparcamiento exclusivo, apartado de las miradas ajenas. Allí viven ahora unas veinte personas, que han acondicionado completamente sus autocaravanas para poder residir con comodidad. Para el hotel, esta ha sido una medida obligada; quedarse sin empleados en plena temporada turística sería una catástrofe.
Sin embargo, ni siquiera este compromiso soluciona todos los problemas. Las autoridades proponen mudarse a campings oficiales, pero en la isla solo hay cinco y están saturados. Además, el precio por alojarse en ellos puede alcanzar los 1.800 euros al mes, una cantidad inasumible para la mayoría de los trabajadores. A esto se suma que, según la normativa, no está permitido permanecer en el mismo sitio más de tres meses seguidos, lo que hace inviable vivir en un camping para quienes trabajan todo el año en la isla.
Fran y sus compañeros sienten que han caído en una trampa: por un lado, son indispensables para la industria turística, pero por otro, no reciben apoyo y se ven forzados a buscar soluciones poco convencionales. Muchos opinan que las autoridades locales no han ofrecido alternativas reales y que las nuevas leyes solo han agravado el problema. El resultado es que los empleados se sienten aislados e incluso perseguidos, ya que su modo de vida ha quedado prohibido.











