
La mañana en La Elipa comenzó como de costumbre, pero hacia el mediodía el barrio bullía de noticias. Esta vez, la suerte sonrió a la administración de lotería Nº246 en la calle Ricardo Ortiz. Allí se vendió el boleto número 79.432, que resultó premiado con el primer premio de la Lotería de Navidad, El Gordo. Para Esther Lanchas, la responsable del local, fue un auténtico shock; ni siquiera creyó de inmediato que había llegado ese día tan esperado. “Lo he esperado toda mi vida”, confesó, casi al borde de las lágrimas.
Durante años, en la administración guardaban un par de botellas de champán para celebrar un gran premio, pero cuando llegó el momento, se dieron cuenta de que ya no les quedaba ninguna. Tuvieron que enviar urgentemente a una empleada a comprar otra botella. Prácticamente al mismo tiempo, la madre de Esther, Nieves, irrumpió en la oficina. Se enteró del premio por un conocido del pueblo que también tenía un boleto ganador. “Me llamaron y enseguida corrí donde mi hija; sabía que aquí se iba a armar un revuelo”, contó a los periodistas.
Quiénes se llevaron los millones
La mayor parte del premio fue a parar a la asociación Isegoría, con sede en el barrio Puerta de Toledo. Esta organización es conocida como un colectivo cultural de ideas progresistas. Su presidente, Julián Sánchez Vizcaíno, confirmó que su grupo efectivamente fue uno de los agraciados, pero rehusó dar detalles. “Estamos muy felices, pero no queremos publicidad”, comentó brevemente.
La noticia causó verdadero impacto entre los vecinos. Nadie imaginaba que decenas de millones de euros estarían literalmente bajo sus ventanas. «Cada año hago cola en Doña Manolita, y resulta que el premio principal lo tenía justo debajo de casa», se sorprendía una vecina mientras empujaba su carrito de la compra. Otra residente, entre risas, comentó que compró tres números distintos, pero el que salió premiado era justo el que no tenía.
Reacción del barrio
En los últimos años ya no es habitual aparecer por la administración después de ganar; la gente prefiere mantenerse en el anonimato. Aunque Esther asegura que casi todos los billetes fueron vendidos en este barrio, ninguno de los comerciantes locales ha admitido ser uno de los agraciados. Tal vez sea cierto: nadie cerró su negocio antes de tiempo.
En la cafetería Glassé, situada a pocos pasos de la administración, también reinaba un ambiente animado. La dueña contó que, desde la mañana, periodistas aparecen en busca de afortunados y, aunque comprueban que no les ha tocado, igual se quedan a desayunar. «Con este frío en la calle, mejor quedarse aquí», comenta entre risas.
Historia familiar
Cuando la euforia se calmó un poco, Esther tuvo un momento para recordar a su padre. Él fundó esta administración en 1988 y soñó siempre con entregar algún día El Gordo a sus clientes. No llegó a vivir tal momento antes de jubilarse, pero su hija está convencida: habría estado feliz de ver cómo se cumplía su sueño.











