
Seguramente has conocido a personas así. Irradian una calma imposible de fingir. Sus decisiones son reflexivas y sus palabras no hieren, incluso cuando expresan desacuerdo. No se trata de una confianza ruidosa, sino de una fuerza interior tranquila que se percibe en cada gesto. Esto es precisamente una manifestación de la autoestima sana y bien trabajada: una cualidad que no necesita validación externa ni aplausos.
A menudo se confunde esta cualidad con el egoísmo o la vanidad, pero su naturaleza es completamente diferente. La psicóloga Lorena González, cofundadora del centro Serena Psicología, explica que la verdadera confianza se basa en un profundo trabajo interior. Se trata de madurez emocional y la capacidad de gestionar las propias emociones. Una mujer con este equilibrio conoce su valor, se acepta a sí misma y vive sin estar pendiente de la aprobación constante de los demás.
Resulta interesante que los estudios globales revelan una tendencia: en promedio, los hombres muestran un nivel de autoestima más alto. Uno de estos amplios análisis, que abarcó diversas culturas, confirmó que esta brecha de género es especialmente visible en los países occidentales desarrollados. Probablemente, esto se debe a la presión social y cultural que históricamente ha llevado a las mujeres a la autocrítica y a buscar validación externa. Sin embargo, estas tendencias no son una condena. Fortalecer la base interior está al alcance de cualquiera que aspire a la armonía y el bienestar.
Uno de los pilares fundamentales de la autoestima es el autoconocimiento. Una mujer segura de sí misma conoce bien sus fortalezas y debilidades. No permite que sus errores definan su personalidad, sino que los utiliza como impulso para su crecimiento. Los desaciertos son aceptados con calma, sin vergüenza, como una oportunidad para aprender algo nuevo. Por eso no teme actuar ni tomar decisiones.
Otro indicador claro es la ausencia de comparaciones constantes con los demás. Una persona con una autoestima saludable puede admirar sinceramente los logros de otros sin sentir que los suyos pierden valor. Alegrarse por los éxitos ajenos no le resta importancia a los propios.
Además, una mujer así sabe cuidarse sin sentir culpa. Expresa con claridad y firmeza sus límites personales, priorizando sus propias necesidades cuando es necesario. Su valor no depende de lo que los demás piensen de ella, por lo que el miedo al rechazo no paraliza su voluntad. A la hora de tomar decisiones, puede escuchar consejos y buscar información, pero la elección final siempre es suya, sin tratar de agradar a todos.
Es importante no confundir ese soporte interno con la arrogancia. Sus raíces son diametralmente opuestas. Mientras que una autoestima sana nace de un profundo sentido de dignidad personal, la soberbia y el narcisismo son mecanismos de defensa que encubren una autoestima muy baja. La persona arrogante necesita sentirse superior a los demás y, para lograrlo, menosprecia a quienes la rodean. No tolera la crítica y percibe cualquier observación como una amenaza, respondiendo con agresividad.
La diferencia también se muestra en la capacidad de escuchar. Una mujer con un respeto propio adecuado no teme dudar ni pedir consejos, entendiendo que es imposible saberlo todo. Para una personalidad altiva, dudar es un signo de debilidad. No escucha a los demás, considerándolos por debajo de sí misma. La competencia constante es otra característica de la arrogancia. Estas personas viven en una carrera perpetua, intentando demostrar al mundo su superioridad. En cambio, una persona segura compite solo consigo misma, centrándose en su propio crecimiento.
Trabajar en la autoestima es una maratón, no un sprint, pero los resultados valen el esfuerzo invertido. Los especialistas afirman que esto ayuda a sanar muchos problemas profundos. A menudo, debido a la historia personal, este rasgo de carácter no recibe el desarrollo adecuado, pero se puede y debe entrenar. El primer paso es reconsiderar la actitud ante los éxitos y los fracasos. Tendemos a exagerar la importancia de los errores y a restar valor a los logros. Es fundamental aprender a reconocer nuestras victorias y valorarlas tanto como nos lamentamos por los fracasos.
El punto clave es el diálogo interno. A menudo somos nuestros críticos más duros, utilizando expresiones que nunca dirigiríamos a alguien cercano: «ты неудачница», «вечно все портишь», «у тебя ничего не получится». Esta voz interna tóxica socava la confianza en uno mismo. Los psicólogos aconsejan comenzar a hablarse como lo haríamos con alguien a quien amamos y valoramos. En vez de ser tu peor enemigo, conviértete en tu mejor aliado. En lugar de castigarte tras un error, dite: «Это был полезный опыт» o «Я сделала все, что могла, и этого достаточно».












