
Quienquiera que pase por las inmediaciones del aeropuerto de Barajas, en Madrid, puede encontrarse con una escena casi surrealista. En medio del bullicio de los coches y en el corazón de una enorme rotonda, se alza orgullosa una solitaria iglesia barroca. La imagen parece sacada de otra época, una reliquia histórica atrapada entre el hormigón y el ruido del siglo XXI. El edificio es un testigo vivo del pasado, que lucha por no caer en el olvido ante el avance implacable del desarrollo urbano.
No se trata simplemente de una antigua construcción. Es la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, cuyos cimientos datan de mediados del siglo XVII. En aquella época, formaba parte de la tradición castellana de ermitas y santuarios que servían de referencia espiritual y delimitaban los límites de pueblos y ciudades. Para los vecinos de Barajas, esta ermita era un hito esencial, un punto de acceso a su comunidad mucho antes de que aterrizara el primer avión en la zona. Su sencillo diseño, compuesto por cuatro elementos principales —pórtico, nave, presbiterio y vivienda del ermitaño—, representa el estilo arquitectónico clásico de la época, con sólidos muros de ladrillo y piedra que realzan una forma simple pero elegante.
La imparable expansión de Madrid y su aeropuerto internacional en el siglo XX trajo numerosos problemas a la tranquila ermita. Cuando se empezaron a planificar nuevas carreteras y autopistas para conectar la capital con su principal acceso aéreo, la iglesia quedó justo en medio del progreso. Los ingenieros llegaron a plantear seriamente su demolición o incluso trasladarla piedra a piedra a otro lugar. Sin embargo, la comunidad local se unió para proteger su patrimonio. Su tenacidad logró evitar la destrucción, pero la victoria tuvo un precio muy alto. La ermita fue condenada a vivir en aislamiento: primero quedó a un lado de una carretera transitada, después terminó sobre un nuevo túnel y, finalmente, fue completamente rodeada por el enorme nudo vial que vemos hoy en día.
Hoy en día, la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad se ha convertido en rehén de su ubicación. Aunque las misas dominicales aún insuflan vida a sus antiguas paredes, atrayendo a un pequeño grupo de fieles locales, su supervivencia a largo plazo sigue siendo motivo constante de preocupación. El edificio está sometido al implacable impacto del entorno agresivo generado por los miles de coches que pasan a diario. Los gases de escape corrosivos, las continuas vibraciones y la capa de suciedad deterioran silenciosamente su estructura histórica. Además, su aislamiento físico y visual del núcleo de Barajas dificulta que las personas aprecien plenamente su valor. Llegar hasta ella exige atreverse a cruzar un paso de peatones que pocos se atreven a franquear. La ermita, símbolo de la identidad local, ha quedado en la sombra de la infraestructura misma a la que tuvo que ceder espacio.
Cabe destacar que la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad fue construida entre 1635 y 1645. Su estilo arquitectónico es una versión modesta del barroco con elementos herrerianos, característicos de la arquitectura castellana de la época. A pesar de su situación vulnerable, la ermita está oficialmente reconocida como Bien de Interés Cultural, lo que le otorga cierto grado de protección estatal. Esto subraya su relevancia histórica tanto para el barrio de Barajas como para todo Madrid.












