
En el corazón de Pamplona, ciudad que desde hace tiempo es sinónimo de fiesta y pasión, se esconde una calle capaz de sorprender incluso a los gourmets más experimentados. San Nicolás no es solo un punto más en el mapa, sino un auténtico imán para aficionados a las tapas y la vida nocturna. A lo largo de apenas 190 metros, se concentran 21 bares, y no es una exageración. Cada nueve metros hay una nueva entrada, una nueva historia, un nuevo sabor. Ni en Madrid, ni en Barcelona, ni siquiera en los barrios más animados de Sevilla se encuentra tal densidad.
San Nicolás hace ya mucho que forma parte integral de la vida de la ciudad. Aquí nunca hay silencio: de día la calle se llena de aromas a tapas recién preparadas, y de noche suenan copas y risas. Vecinos y turistas se mezclan en un mismo flujo, pasando de barra en barra como si participaran en un maratón gastronómico. El ambiente es especial: cada bar es un pequeño mundo donde la tradición convive con atrevidos experimentos.
Calidoscopio gastronómico
Entre los locales destacan verdaderos veteranos, como Casa Otano, fundada en 1912. Aquí se respetan recetas consagradas y no temen sorprender a los clientes con nuevas combinaciones. Muy cerca, bares jóvenes y ambiciosos cuyos chefs no dejan de inventar tapas inesperadas. En Escalerica Centro, por ejemplo, se pueden probar platos difíciles de encontrar en el resto de España.
Las tapas son mucho más que un simple aperitivo: representan toda una filosofía. Cada bar presume de sus especialidades; en algunos, como Elizalde, la estrella es la famosa tortilla, mientras en otros, como Vermutería Río, destacan los crujientes fritos con huevo. Los amantes de la carne tienen una cita obligada en Baseriberri, Asador Aralar o Katuzarra, donde se sirven jugosos cortes de ternera y cordero. En Sarasate cuidan a los vegetarianos, y en La Mandarra de la Ramos, Bearan y La Vieja Iruña puedes degustar decenas de bocadillos y tapas fritas.
La vida nocturna no tiene pausa
Cuando el sol se oculta, San Nicolás empieza su verdadera vida. Algunos bares, como La Cocina Vasca, El Tinglado, Bar Ulzama y El Marrano, permanecen abiertos hasta altas horas de la noche. Allí se reúnen quienes no quieren despedirse de la fiesta, los que buscan nuevas amistades y sabores inesperados. La calle se transforma en una sucesión interminable de luces, voces y aromas, donde cada uno encuentra su propio rincón.
La comunicación es protagonista. En la barra resulta fácil entablar conversación con el camarero o un vecino ocasional, intercambiar consejos, debatir sobre el mejor vino o simplemente reírse con una anécdota divertida. Aquí no hay prisa: cada copa es una excusa para quedarse unos minutos más, probar otra tapa y descubrir un nuevo secreto de la ciudad.
Un viaje en el tiempo
Pasear por San Nicolás es mucho más que una aventura gastronómica; es también un viaje a través de diferentes épocas. Los interiores de los bares conservan detalles que evocan el pasado: viejos letreros, vigas de madera y fotografías en las paredes. Cada rincón respira historia y cada barra esconde su propio pequeño secreto.
Aquí es fácil sentirse parte de una gran celebración, incluso en un día laboral cualquiera. Puedes comenzar la ruta en Bar Don Lluis y terminar en Soto del Prior, descubriendo nuevos sabores y rostros a lo largo del camino. San Nicolás es un lugar donde la gastronomía se convierte en arte y cada noche es un acontecimiento que no querrás olvidar.












