
Cuando se habla de la grandeza pasada de los monarcas españoles, lo primero que suele venir a la mente son las colonias en América Latina o los enclaves en el norte de África. Sin embargo, el alcance geográfico de sus dominios era mucho más amplio e incluía territorios europeos menos evidentes, pero no por ello menos significativos. Entre ellos destaca Cerdeña, una pintoresca isla mediterránea que, durante casi cuatro siglos, formó parte inseparable primero del Reino de Aragón y más tarde de la España unificada. Este largo período dejó una profunda huella en todos los ámbitos de la vida de la isla, desde la lengua y la arquitectura hasta la organización política y la religión.
La historia de esta unión comenzó en el lejano año 1297, con una decisión política del papa Bonifacio VIII. Al intentar resolver disputas territoriales en la península itálica, el pontífice concedió Cerdeña como feudo al monarca aragonés Jaime II. Sin embargo, convertir ese derecho jurídico en control real resultó ser una tarea complicada. Solo en 1323, el infante Alfonso desembarcó con sus tropas en la bahía de Palmas del Sulcis, iniciando así la conquista efectiva. Todo el siglo XIV estuvo marcado por una dura resistencia de las fuerzas locales que no querían someterse a los forasteros. El mayor desafío provino del judicatus de Arborea, la entidad política sarda más poderosa y duradera de la Edad Media. Los aragoneses lograron someter definitivamente la isla solo hacia mediados del siglo XV. A partir de entonces, Cerdeña fue gobernada por virreyes nombrados desde la metrópoli, integrándose al grupo de otros territorios de ultramar, como Sicilia o incluso los distantes ducados griegos de Atenas y Neopatria.
Tras el matrimonio dinástico de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que unificó España, la isla se integró de forma natural en la estructura de la nueva y poderosa monarquía. Hasta 1720, permaneció bajo el cetro de los Habsburgo españoles y, posteriormente, de los Borbones. El sistema administrativo era típico de la época: se enviaban regularmente virreyes a la isla para representar los intereses del gobierno central. Uno de los virreyes más destacados fue Baltasar de Zúñiga y Guzmán, marqués de Valero. Ocupó el cargo en un periodo complejo, de 1704 a 1707, cuando, tras la muerte sin descendencia de Carlos II, Felipe V subió al trono español, lo que provocó la Guerra de Sucesión Española.
Junto con las estructuras administrativas, a la isla llegaron otras instituciones propias del Estado español de aquel entonces. En 1493, comenzó a operar allí el Santo Tribunal, más conocido como la Inquisición. El primer inquisidor nombrado fue Sancho Marín, encargado de organizar el tribunal eclesiástico en diversos territorios aragoneses. En Cerdeña, el aparato del Santo Oficio era bastante modesto: un solo alguacil, un notario y un único tribunal con sede en Cagliari. La actividad de la Inquisición en la isla se destacó por su austeridad y sus constantes conflictos con las autoridades civiles, motivo por el cual el propio Sancho Marín fue trasladado a Sicilia en 1498.
Las relaciones entre la isla y la metrópoli nunca fueron sencillas. De vez en cuando estallaban conspiraciones y rebeliones, una de las cuales, en 1668, llevó al asesinato del marqués de Camarasa. El Tratado de La Haya de 1720 puso fin a un periodo de casi cuatro siglos. Según sus términos, España se vio obligada a ceder Cerdeña a Austria. A pesar del paso de los siglos, la huella del pasado sigue siendo perceptible. En algunas zonas, como en la ciudad de Alguer, se conserva un antiguo dialecto catalán, y en las tradiciones locales y normas jurídicas se pueden encontrar claras raíces españolas.











