
En uno de esos pocos días libres en los que todo parece carecer de importancia y la ciudad resulta demasiado acelerada, decidí darme un permiso que hacía mucho no me concedía: simplemente sentarme en un banco. Sin teléfono, sin motivo, sin prisa. Descubrí que, en realidad, era casi un acto de valentía — detenerse en medio del flujo de gente que corretea por sus asuntos, sin notar ni el sol, ni el viento, ni a los demás.
Al principio me sentí incómoda. Parecía que todos alrededor me miraban con asombro: ¿para qué sentarse sin más? Pero a los pocos minutos empecé a notar detalles que suelen pasar desapercibidos. Las hojas girando en el aire, las sombras de los árboles, los rostros apresurados de quienes caminan como si llegaran tarde a una cita importante. De repente, el tiempo empezó a correr con lentitud, y esa sensación de libertad resultó casi olvidada.
Una ciudad sin pausas
No había pasado ni una hora cuando se acercó a mí un vecino del edificio de al lado. Me preguntó si estaba todo bien, como si sentarse en un banco fuera señal de algún problema o excentricidad. En su mirada se notaba desconcierto: ¿quién hoy en día se sienta en la calle porque sí? En Madrid, el banco hace tiempo dejó de ser un lugar de descanso; ahora es más una excepción que la regla.
Las calles se han convertido en corredores de prisa y ya no son espacios de encuentro ni conversación. La gente prefiere cafés y bares, donde hay que pagar solo por sentarse. Los bancos públicos se ven como cosa del pasado, e incluso como un desafío a las normas sociales. Mi interlocutor se fue pronto, sin encontrar explicación a mi gesto, y yo me quedé, sintiéndome un poco rebelde.
Recuerdos del pasado
En la juventud, los bancos eran el centro de la vida. Allí se comentaban las noticias, se compartían secretos, se reía y también se lloraba. Cada barrio tenía su propio rincón “favorito” donde se reunían los grupos de amigos, organizaban encuentros, e incluso algunos se enamoraban. Los bancos eran testigos de las primeras confesiones, largas charlas y revelaciones inesperadas.
Con el tiempo, todo cambió. Apareció el dinero para ir a cafeterías, llegaron los pisos propios, y los bancos de la ciudad comenzaron a parecer innecesarios. Las autoridades limitaron las reuniones en la calle, prohibieron las pandillas ruidosas, y los bancos empezaron a desaparecer. Fueron reemplazados por sillas individuales para que nadie se quedara demasiado tiempo, y en su lugar crecieron terrazas de restaurantes y bares.
El banco como símbolo
Hoy, el banco es casi una reliquia. Se percibe como algo anticuado, útil solo para jubilados o para quienes no tienen otra opción. Pero justamente estos objetos sencillos dan vida a la ciudad. Un banco es la oportunidad de detenerse, descansar, encontrarse con un amigo o simplemente observar la vida a tu alrededor.
En el Madrid actual, los bancos desaparecen no solo físicamente, sino también de los hábitos de sus habitantes. La gente ha olvidado cómo parar, descansar, mirar a su alrededor. Cada vez más, la calle es solo una ruta entre el punto A y el punto B, no un lugar para vivir. El banco se convierte en símbolo de todo lo que perdemos persiguiendo la rapidez y la eficiencia.
¿Una ciudad para las personas o para los clientes?
Antes, las calles estaban llenas de conversaciones, risas y encuentros espontáneos. Ahora, en su lugar, hay mesas de cafeterías donde cada metro genera ingresos. Los bancos gratuitos son desplazados por intereses comerciales y la ciudad cada vez más se asemeja a un centro comercial, donde todos deben ser clientes y no simplemente habitantes.
Quizás por eso hoy resulta tan difícil simplemente sentarse y no hacer nada. Se percibe como algo extraño, casi un desafío al sistema. Pero son estos momentos los que permiten sentirse parte de la ciudad y no solo un visitante.











