CulturaDemografía y poblaciónHistoriaIdioma españolNoticiasTurismo

Por qué el Monasterio de El Escorial genera polémica y no siempre impresiona a los turistas

El poder oculto de El Escorial: por qué no tiene que gustar a todos

El Monasterio de El Escorial en Madrid no siempre despierta entusiasmo. Su sobriedad y majestuosidad suelen considerarse un hecho incuestionable. ¿Por qué sentimos la obligación de admirar este monumento? Analicémoslo juntos.

La cuestión de si debe gustar el monasterio de El Escorial rara vez se plantea en voz alta. Este monumental complejo a las afueras de Madrid se percibe como algo incuestionable: se visita con respeto, se considera parte del patrimonio nacional, sin preguntarse por las impresiones personales. Admitir que no despierta emociones resulta difícil, como si fuera un signo de ignorancia cultural. ¿Pero por qué ocurre esto?

En torno a El Escorial se ha formado una especie de consenso. No se discute, se acepta tal cual. No intenta agradar, ni sorprender, ni conmover. Se estudia en la escuela, se memoriza como símbolo de la historia española, pero pocos se preguntan realmente qué sienten al contemplar esos muros. Quizás ha llegado el momento de hacerse una pregunta incómoda: ¿realmente nos gusta, o simplemente hemos asumido que así debe ser?

Una mirada desde fuera

Un turista llegado de París, habituado al lujo de Versalles, puede sentir desconcierto. Donde esperaba una fiesta, encuentra austeridad; en vez de verdes jardines, piedra; en lugar de brillo, rígida disciplina. El Escorial no recuerda a un palacio, sino más bien a una fortaleza, o incluso a una prisión para el alma. Y hay algo de verdad en eso: el complejo fue concebido como símbolo de poder, una manifestación arquitectónica del orden y la obediencia. Su propósito no es agradar a la vista, sino infundir respeto y hasta temor.

Este enfoque no lo convierte automáticamente en una obra maestra ni, por el contrario, en algo repelente. Simplemente sitúa al Escorial en una posición particular: para el hombre moderno, acostumbrado a buscar emociones y sensaciones en la arquitectura, aquí resulta difícil encontrar referencias familiares. Cuanto más vemos este monumento, menos notamos sus detalles: se convierte en parte del paisaje cotidiano, en un fondo, más que en un objeto de reflexión.

El poder de la costumbre

Es imposible hacer una valoración honesta cuando alrededor del monumento se ha construido un muro de consenso social. Pocos se atreven a decir que el Escorial no les gusta. Del mismo modo, rara vez alguien admite que el edificio de un teatro o una catedral de Madrid le resulta insípido. Vivimos rodeados de símbolos arquitectónicos que se consideran inamovibles y, a menudo, no nos damos cuenta de que detrás de ello no hay admiración personal, sino costumbre.

El Escorial no exige ser amado. Exige ser comprendido. Su grandeza radica en la fidelidad absoluta a su propósito. No hay nada superfluo aquí, no hay lugar para la sonrisa o la ligereza. Todo obedece a una idea rigurosa que refleja la visión del mundo y las ambiciones políticas de su época. A diferencia de Versalles, donde el poder se exhibe como un espectáculo, el Escorial lo afirma a través del silencio y la repetición. No es un edificio democrático ni pretende serlo.

Un monumento fuera del tiempo

La pregunta que deberíamos plantearnos es si somos capaces de mirar el Escorial sin la presión de la opinión pública. Quizá sea momento de dejar de verlo únicamente como un santuario y empezar a entenderlo como fruto de su época, reflejo de una era concreta, con sus miedos y aspiraciones. Solo así podremos comprender de verdad lo que se esconde tras sus muros de piedra.

Paradójicamente, cuanto más a menudo vemos un edificio familiar, menos atención le prestamos. No lo observamos, simplemente confirmamos que está ahí. Por eso los monumentos extranjeros suelen parecernos más interesantes: nos acercamos a ellos sin prejuicios, con auténtica curiosidad. En cambio, el Escorial, siempre presente, resulta casi invisible para quienes viven cerca.

Un desafío para la percepción

Hay edificios que se aprecian desde la distancia y otros que exigen diálogo e incluso controversia. El Escorial pertenece a estos últimos. Su valor no radica en la admiración unánime, sino en que genera preguntas e incluso cierta incomodidad. No tiene por qué gustar a todo el mundo; tal vez su función sea precisamente invitar a reflexionar sobre nuestras expectativas respecto a la arquitectura y la historia.

Ningún monumento sobrevive solo por su belleza. Sigue existiendo mientras se habla de él, se discute, se debate. El Escorial permanece inalterable, pero somos nosotros quienes decidimos cómo verlo: como objeto de veneración o como motivo de reflexión. Quizá ahí radique su verdadero valor.

Подписаться
Уведомление о
guest
Не обязательно

0 Comments
Межтекстовые Отзывы
Посмотреть все комментарии
Botón volver arriba
RUSSPAIN.COM
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Cerrar

Bloqueador de anuncios detectado

У Вас включена блокировка рекламы. Мы работаем для Вас, пишем новости, собираем материал для статей, отвечаем на вопросы о жизни и легализации в Испании. Пожалуйста, выключите Adblock для нашего сайта и позвольте окупать наши затраты через рекламу.