
Cada enero vuelvo al gimnasio, aunque le tengo una aversión persistente a estos lugares. La bolsa de deporte, el pase de plástico, la ingenua determinación: todo esto se repite año tras año. La vida adulta impone sus propias reglas: ya dominas el inglés, los malos hábitos bajo control, pero el gimnasio es el último bastión que no logro conquistar. El Año Nuevo trae otro intento, pero el entusiasmo se desvanece rápidamente.
Hay algo en mí que se resiste a la atmósfera de los gimnasios. Todo aquí obedece a una lógica estricta: eficiencia, repetición, progreso individual. Para obtener resultados, tienes que sumergirte en la rutina, llevar los movimientos al automatismo. Casa — trabajo — supermercado — gimnasio. Por la noche, vuelves a casa para preparar la comida del día siguiente y volver a hacer el bolso. Dicen que es saludable e incluso que está de moda, pero yo prefiero el descanso caótico y espontáneo, donde hay espacio para lo inesperado. Eso no existe en el gimnasio.
Aquí todo es predecible hasta en los detalles. Cada día es una copia del anterior. No hay pasión ni sorpresas. Nunca jugué al fútbol, pero entiendo por qué los adultos se reúnen para partidos en el barrio: allí el deporte es un juego, no una obligación. La gente regresa a la infancia, no solo mantiene la forma. Pero en el gimnasio todo es diferente. Aquí no se juega: aquí se trabaja el cuerpo como si fuera un proyecto. Es más bien una oficina para los músculos que un lugar para disfrutar.
Rutina y soledad
En el gimnasio se pierde el elemento lúdico, desaparece la comunicación y el deporte se convierte en una serie de movimientos mecánicos. Sube las pesas, baja las pesas. Doce repeticiones, dos minutos de descanso. Todo esto parece una hoja de Excel para bíceps. Miras a la gente en las bicicletas estáticas: están sentados en fila, como soldados, pedaleando sin rumbo, con la vista fija en sus teléfonos. En esos momentos solo quieres irte y no volver nunca más.
Aquí el deporte no es un entretenimiento, sino una herramienta para lograr el cuerpo perfecto. La única alegría prometida es ver un bonito reflejo en el espejo. Esto no me resulta familiar, por eso cada visita me parece una prueba. Dicen que después del entrenamiento se liberan endorfinas, pero al parecer algo no funciona así en mi caso. El verdadero placer lo siento cuando falto al entrenamiento y me reúno con amigos para tomar una cerveza.
A tu alrededor, gente ensimismada. Los espejos multiplican la soledad en lugar del ánimo. En las horas punta el gimnasio está lleno, pero el ambiente no se vuelve más amigable. La comunicación se reduce a frases cortas: “¿Te queda mucho?”, cuando alguien se demora en la máquina. La mayoría prefiere escuchar música con auriculares para evitar conversaciones y no distraerse del proceso.
Motivación y ambiente
Algunos escuchan pódcast o audiolibros para no perder ni un minuto en vano. Son auténticos fanáticos de la productividad, para quienes el gimnasio es solo una tarea más en su lista. El ambiente resulta a la vez frío y extrañamente sexualizado. Las mujeres en mallas coloridas destacan entre la multitud de hombres musculosos. Todo recuerda a un escaparate de maniquíes, donde cada uno está concentrado solo en sí mismo.
Flota en el aire una tensión palpable, casi eléctrica. Todos siguen sus propias rutinas, pero entre ellos se percibe una energía latente. Yo, una persona de familia y lejos de estar en forma, observo esto como un espectador externo. A veces me sorprendo pensando que el gimnasio no es tan aburrido como creía. Tal vez sea eso precisamente lo que atrae a la gente a volver una y otra vez.












