
El pasado fin de semana, después de diez años de relación, finalmente intercambiaron votos Caetano Martínez de Irujo y Bárbara Mirjan. Este acontecimiento, que la prensa unánimemente calificó como el principal evento social del año, se celebró con la grandeza esperada. El duque de Arjona llegó al altar vestido con un uniforme rojo de gala y espada, mientras que su esposa lució un elegante vestido de novia adornado con encaje hecho a mano y un velo impresionante. La ceremonia tuvo lugar en la iglesia del Cristo de los Gitanos, en Sevilla, un lugar emblemático donde descansan los restos de su madre, la legendaria duquesa de Alba. Casi trescientos invitados fueron testigos de este emotivo momento, entre ellos casi todos los hijos de la fallecida duquesa, con la excepción del conde de Siruela.
Sin embargo, la escena idílica se vio eclipsada por un desagradable episodio. Al finalizar la ceremonia religiosa, el aristócrata no pudo ocultar su irritación ante la presencia de numerosos reporteros. Caetano Martínez de Irujo exigió a los periodistas, de manera tajante, que los dejaran en paz, pidiendo respeto al menos en este día tan especial para él. Su rostro reflejaba evidente enfado. Esta reacción contra la prensa se convirtió rápidamente en uno de los temas más comentados, y horas después, el jinete olímpico consideró necesario aclarar la situación.
A través de uno de los presentadores de televisión, el recién casado transmitió su explicación. Declaró que su indignación se debió a la violación de los acuerdos previos: se había habilitado una zona especial para los medios, que fue ignorada por los periodistas. El duque lamentó que, durante cuarenta años, haya tenido que soportar lo que él llamó «basura», acusando a los periodistas de manipulación y distorsión de los hechos. Según sus palabras, sencillamente les robaron a él y a Bárbara un momento íntimo, acercando los micrófonos a sus rostros inmediatamente después de la ceremonia matrimonial. Subrayó que no es miembro de la familia real, ni político, ni actor, y que no tiene obligación de hacer declaraciones al salir de la iglesia. El aristócrata añadió que considera este comportamiento una usurpación de su vida privada y no un ejercicio periodístico, y que durante muchos años han intentado ensuciar tanto su carrera como su reputación.
Tras este breve pero tenso incidente, los recién casados abandonaron la iglesia en un carruaje tirado por caballos y se dirigieron a la finca Las Arroyuelas. Esta amplia propiedad agrícola fue heredada por el novio de su madre. Allí, esperaba a los invitados un lujoso banquete ofrecido por un conocido servicio de catering sevillano. El menú incluía ensalada de langosta, solomillo de ternera al horno con salsa de foie gras y guarnición de verduras, y de postre, pastel árabe con frutos rojos. La velada transcurrió en un ambiente cálido, con brindis emotivos, discursos entrañables y animados bailes en los que destacaron especialmente la novia y su cuñada Eugenia Martínez de Irujo.
Especial atención despertó la hija del novio y, a su vez, madrina de la boda, Amina Martínez de Irujo Casanova. Durante toda la ceremonia, la joven mantuvo una expresión deliberadamente seria, lo que no pasó desapercibido para los presentes. Para un día tan importante eligió un elegante vestido de seda color petróleo con estampado floral, que complementó con un chal vaporoso a juego. Esta elección cromática fue considerada muy acertada y resaltó su personalidad.
La galería de looks de las invitadas, desde Sofía Palazuelo hasta Olivia de Borbón, estuvo a la altura del prestigio del evento. Sin embargo, el atuendo que más comentarios generó fue el de la presentadora Susanna Griso, quien no dudó en apostar por una propuesta estilística audaz. La periodista apareció con un vestido azul de tirantes de Redondo Brand, con una voluminosa falda amplia, que combinó con tul rosa. Pero el elemento más llamativo fue un enorme sombrero tipo pamela blanca, talla XXL, con una cinta rosa de Balel. Al compartir las fotos en redes sociales, Griso agradeció a las marcas y escribió que, por unas horas, le hicieron sentirse como Audrey Hepburn. Las opiniones de sus seguidores estuvieron divididas: algunos elogiaron su elegancia, mientras que otros, con humor, le preguntaban si no se habría colocado una “pantalla de lámpara” en la cabeza.












