
En las últimas semanas, el partido Vox se ha visto envuelto en una profunda crisis interna que gira en torno al movimiento juvenil Revuelta. El líder del partido, Santiago Abascal, solo ha comentado públicamente lo sucedido en una ocasión, subrayando que Vox exige transparencia, pero no se responsabiliza del escándalo. Sin embargo, la tensión dentro de la organización va en aumento y las consecuencias pueden afectar no solo a las elecciones autonómicas en Extremadura, sino también a la estabilidad de todo el partido.
En el centro del conflicto está el destino de fondos importantes recaudados durante la ola de apoyo a los afectados por las inundaciones (dana) en Valencia. Tras declaraciones sobre la ineficacia del Estado y llamamientos a la solidaridad, surgieron sospechas de que parte del dinero recaudado pudo haber quedado en manos de los organizadores. Esto puso en entredicho la confianza en el partido y generó una ola de descontento entre activistas y dirigentes.
Aumento de la tensión
Revuelta fue creada en 2023 como una plataforma de activismo juvenil orientada a la derecha. Su debut se produjo en una multitudinaria manifestación contra la amnistía en Madrid, donde jóvenes activistas tomaron la palabra ante una audiencia de cien mil personas. Pronto, Revuelta se convirtió en una herramienta para organizar protestas ante la sede del PSOE en la calle Ferraz.
El movimiento ganó especial notoriedad tras la inundación en Valencia, cuando jóvenes de Vox participaron activamente en la distribución de ayuda y la limpieza de las zonas afectadas. La dirección del partido instó a que las donaciones se canalizaran a través de Revuelta para garantizar un apoyo directo. Sin embargo, pronto se descubrió que las actividades financieras de la organización carecían de transparencia y su estructura no obedecía a las estrictas normas del partido.
Desacuerdos internos
En octubre de 2024, la tensión alcanzó su punto máximo. Abascal expresó su descontento cuando Revuelta anunció una iniciativa sin coordinar previamente los detalles con la dirección. Finalmente, el evento resultó inocuo — pintar un parque con los colores de la bandera nacional—, pero estos episodios causaban molestia entre los líderes del partido. En ocasiones, los jóvenes incluso se enfrentaban a aliados de Vox, lo que solo profundizaba las divisiones.
En marzo de 2025, el asesor de Abascal, Kiko Méndez-Monasterio, reunió a representantes de Revuelta en la taberna madrileña Casamata. Asistieron diputados cercanos a la juventud y se planteó un ultimátum: Revuelta debía alinearse con la línea del partido. La dirección de Vox expresó su preocupación por la falta de transparencia financiera y el hecho de que la organización aún no estuviera registrada oficialmente, ya que la recaudación de fondos se realizaba a través de la asociación externa Asoma.
Cambio de liderazgo
Tras la llegada del nuevo jefe de comunicación de Vox, Álvaro Zancajo, el partido despidió al presidente de Revuelta, Jaime Hernández Zúñiga, conocido como El Pelos, y a su colaborador Santiago Aneiros. Poco después, ambos fundaron su propia productora, Picaporte, y continuaron colaborando con el partido ya de forma comercial.
Poco después se decidió nombrar a un coordinador del sindicato Solidaridad para supervisar la actividad de la organización juvenil. El objetivo era integrar a Revuelta en la estructura sindical, fortaleciendo su posición gracias al capital humano y los recursos de la juventud. Sin embargo, parte de la dirección de Revuelta se opuso a esta integración, lo que llevó a una mayor escalada del conflicto.
Reclamaciones financieras
En octubre de 2024, tuvo lugar una reunión en la oficina de Disenso, donde la secretaria del partido, Montse Lluis, exigió al secretario general de Revuelta, Pablo González Gasca, que diera explicaciones sobre varios gastos sospechosos y presentara un informe financiero completo. Se decidió realizar una auditoría externa.
En la reunión siguiente, celebrada en la sede de Vox en Bambú, representantes del partido y de Revuelta abordaron cuestiones financieras. La dirección de Vox insistió en acceder a la contabilidad, ya que se descubrió que la organización no había cumplido con sus obligaciones fiscales ni transferido los 105.000 euros a las víctimas. Surgieron sospechas de posible fraude y de uso indebido de la asociación Asoma.
Escalada del conflicto
El presidente de Revuelta aceptó revelar los documentos financieros sólo bajo confidencialidad, pero el partido se negó. Pronto dejó de ser invitado a las reuniones y el resto de los miembros de la organización fueron obligados a firmar documentos para la disolución de la asociación y la transferencia de los fondos restantes a organizaciones benéficas.
González Gasca se negó a firmar los papeles, lo que desató una serie de acusaciones y sanciones mutuas. Vox recurrió a los órganos de supervisión, mientras que los antiguos directivos de Revuelta presentaron una denuncia ante la fiscalía por sospecha de malversación. Gasca grabó en secreto las negociaciones con la dirección del partido y las grabaciones de audio pronto salieron a los medios de comunicación. Como resultado, los tres líderes opositores recibieron sanciones disciplinarias y se suspendió la colaboración con Picaporte.
El escándalo afectó a ambas partes: poco después apareció información sobre una denuncia de acoso sexual contra uno de los exdirectivos de Revuelta, lo que llevó a su dimisión como responsable del área digital de Vox.












