
En León continúa el largo calvario de las familias de los seis mineros fallecidos tras una explosión de gas en la mina Emilio del Valle, en Pola de Gordón, en 2013. Han pasado casi tres años desde que la jueza declaró el caso visto para sentencia, pero aún no se ha emitido ningún fallo. Cansados de esperar, los familiares de las víctimas se han vuelto a concentrar frente al juzgado para recordar su dolor y exigir justicia.
El próximo 28 de octubre se cumplirán 12 años de la tragedia que acabó con la vida de seis mineros. Durante todo este tiempo, las familias no solo no han recibido respuesta de la justicia, sino que también han tenido que lidiar con la burocracia y la inacción. La jueza encargada del caso estuvo de baja durante mucho tiempo y, tras reincorporarse, no ha conseguido finalizar el proceso. Si abandona el caso ahora, no podrá celebrarse un nuevo juicio por prescripción, lo que dejaría a los responsables impunes.
Los familiares de los fallecidos no ocultan su decepción. Para ellos no se trata solo de un proceso judicial, sino de una auténtica tortura que se prolonga durante años. Denuncian que, tras el accidente, no se adoptaron las medidas necesarias y que, a su juicio, los propietarios de la empresa intentaron ocultar las pruebas del suceso. Muchos están convencidos de que la tragedia podría haberse evitado si la dirección de Hullera Vasco-Leonesa hubiera cumplido las normas básicas de seguridad. Días antes del desastre ya se había detenido la extracción de carbón por el riesgo existente, pero se reanudó la actividad y eso desembocó en la tragedia.
Las familias no se rinden, a pesar del cansancio.
Entre quienes siguen luchando por justicia están los padres y hermanos de las víctimas. Acuden al juzgado con pancartas y fotografías, con la esperanza de ser escuchados. Para muchos de ellos, esto se ha convertido en la causa de su vida. Algunos familiares ya no tienen fuerzas para seguir adelante, pero los más firmes no se rinden, a pesar del cansancio y la desesperación.
La situación se agrava porque, si el juez no dicta sentencia próximamente, el caso podría cerrarse de forma definitiva. En ese escenario, seis muertes quedarían sin respuesta y las familias, sin esperanza de justicia. Los allegados de las víctimas creen que el sistema judicial no cumple con su deber y no confían en que lograrán conocer toda la verdad.
Cuestiones para las autoridades y consecuencias para la región
Los vecinos y antiguos mineros también manifiestan su descontento con la actuación de las autoridades. Tras el accidente, la mina no fue clausurada y, según las familias, los responsables simplemente fueron reasignados a otros cargos. Esto solo ha aumentado la desconfianza en el sistema y alimentado la sensación de impunidad. En una región donde el trabajo minero siempre ha sido parte de la vida, esta tragedia se ha convertido en símbolo de indiferencia e ineficacia burocrática.
Mientras el proceso judicial se prolonga, las familias de las víctimas siguen esperando una resolución justa. Pero con cada día que pasa, su fe en que los culpables serán castigados es cada vez menor. Para ellos, no solo es importante obtener una sentencia, sino también recuperar la confianza en la justicia y evitar que tragedias como esta se repitan.











